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Catálogo de la Exposición dedicada a Federico Fellini y organizada por la Fundación Caixa de Catalunya y el Centro Sperimentale di Cinematografía de Roma, cuyo comisario fue el crítico de cine Roman Gubern. Además de este escritor, colaboran en los textos del catálogo: Roberto Salbitani, Rai Ferrer y Jordi Grau, e incluye fotografías de Pierluigi, Michelangelo Durazzo, Tazio Seccharoli y Franco Pinna. La exposición, básicamente fotográfica, sobre la vida y obra de este gran creador hace un recorrido visual por sus mejores películas, muchas de las cuales comparten con el circo algo de su esencia. El libro hace un repaso a la relación de Fellini con la fotografía, la luz, el cómic y la pintura, otros medios artísticos de la imagen.

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Michelangelo Durazzo. Rodaje de Otto e mezzo, con Marcello Mastroianni y Anouk Aimée. 1963

 

A pesar de que la fotografía cinematográfica es, en rigor, la formada por las luces y las sombras que se mueven sobre la pantalla, hemos querido rendir un recuerdo a la fotografía cinematográfica de Federico Fellini, antes de cumplirse un año de su muerte, a través de la imperfecta muestra de sus fotos fijas, que constituyen sólo un sucedáneo y un vestigio de función memorizadora o publicitaria, cuya calidad nunca puede igualar al original desplegado fantasmagóricamente en la pantalla.

El Fellini que declaró “mi adhesión a las cosas es siempre subjetiva, emocional”, supo crear una iconografía de enrome fuerza poética, y con frecuencia de rasgos oníricos, que partiendo de la tradición neorrealista de postguerra no tardó en evolucionar e inscribirse en el filón estilizado, distorsionado y barroco, asociado tanto al expresionismo centroeuropeo como al alambicamiento del art nouveau, que Fellini tanto admiró en la Barcelona de Gaudí y en el edificio de La Pedrera que ahora acoge su obra. Muchos elementos de esta iconografía procedían de su práctica juvenil de la caricatura y del dibujo humorístico como historietista (en publicaciones como la florentina Il 420 o Marc’ Aurelio) y en su tempranísimo interés por el circo, que le llevó a frecuentar a los diez años la compañía de Pierino. Este ángulo perceptivo de las formas, antinaturalista y distorsionado, le condujo a una espectacularizacion a veces poética y a veces satírica de la realidad, reñida con el prosaico naturalismo del cronista imparcial. Y le empujó a utilizar con maestría los paisajes-estados de ánimo (tanto como a expresar poéticamente los sonidos naturales, como el viento) y a explotar la fotogenia de los espacios abiertos -playas, descampados, plazas públicas de noche- que le servían para subrayar la soledad humana. Una observación similar podría hacerse de su uso recurrente de los cortejos de personajes, desde el cortejo de músicos junto a la carretera de La Strada, hasta el cortejo final y circense de Otto e mezzo, que propone un rito celebrativo de clausura.

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Tazio Secchiaroli. Federico Fellini durante el rodaje de Otto e mezzo. 1963

A pesar del tópico, alimentado por el propio Fellini, de su incompetencia en cuestiones técnicas, lo cierto es que el cineasta sabía utilizar perfectamente la luz como medio de expresión visual. Su valoración de la luz aparece en muchas declaraciones, como ésta:

“Para mí el cine es imagen y la luz es su factor fundamental. Lo he dicho muchas veces: en el cine la luz es ideología, sentimiento, color, tono, profundidad, atmósfera, narración”. 

O esta otra:

“El estilo es la luz. La luz llega antes que nada, incluso antes que el contacto, que el guión, que el logos, como dice Leo Pestelli. El estilo es la luz, como en pintura”.

         Introducción al libro de Román Gubern

“Mi vida es una vida de fantasía. Cuando entro en un plató es como si estuviera escribiendo un cuento. Un cuento vivo, real. Allí vuelvo a ser Federico, no Federico Fellini, el director de cine. Me identifico con mi trabajo. Todo lo que está fuera me parece un sueño”.

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Federico Fellini (Rímini, Italia, 1920-Roma, 1993) es uno de los directores más importantes de la historia del cine universal. Su infancia, evocada posteriormente en películas como Ocho y medio y Amarcord, en gran parte autobiográficas, transcurrió en su ciudad natal, Rímini, donde estudió en la escuela del asilo San Vincenzo. Sus primeras grandes aficiones, antes de descubrir su pasión por el cine, fueron el dibujo y la caricatura. A los diecisiete años publicó en una revista sus primeras caricaturas, que representaban a los compañeros del campamento de verano de la organización juvenil del Partido Nacional Fascista al que había asistido en el verano de 1936.

A partir del año siguiente colaboró en los semanarios La Domenica del Corriere y el político-satírico florentino Il 420, en los cuales publicó relatos, viñetas y dibujos, todo ello bajo el seudónimo de «Fellas». En 1939, junto con su madre y su hermana, se trasladó a Roma con la intención de cursar estudios de derecho y jurisprudencia en la Universidad de Roma, estudios que nunca terminó.

En Roma adquirió cierta notoriedad, sobre todo entre los lectores más jóvenes, gracias a las viñetas y los cuentos por entregas que publicó en la revista Marco Aurelio. Por aquellas fechas, además, conoció al cómico Aldo Fabrizi, con quien colaboró intensamente en los años siguientes como autor de gags para sus espectáculos de variedades.

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Michelangelo Durazzo. Casting en París para Il Casanova. Verano 1975

En 1940, tras un breve paso por la radio, hizo su primera incursión en el mundo del celuloide al participar, en calidad de guionista, en la película ¡El pirata soy yo!, dirigida por Mario Mattoli. Fue el primero de una larga lista de filmes en los cuales se ocupó de preparar el guión. En 1943 se casó con Giuletta Masina, una joven actriz de teatro. En marzo de 1945, el primer y único hijo del matrimonio murió a las dos semanas de nacer.

Fecha clave para Fellini en su relación con el cine fue 1944, año en que conoció a Roberto Rossellini, uno de los más importantes directores del neorrealismo italiano. Junto a Rossellini, quien se convirtió en su tutor, colaboró como guionista en Roma, ciudad abierta y otras películas suyas.

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Tazio Secchiaroli. Fellini escenificando la secuencia para la actriz Sandra Milo y Marcello Mastroianni durante el rodaje de Otto e mezzo. 1963

En 1951 se estrenó como director, primero codirigiendo, junto a Alberto Lattuada, el filme Luces de varieté, y posteriormente en su ópera prima El jeque blanco, basada en una idea de Michelangelo Antonioni. Al año siguiente ganó su primer premio: un León de Plata por Los inútiles en la Mostra de Venecia. En 1954, y en aquel mismo certamen, ganó un León de Plata por su siguiente película, La strada, su primer filme de resonancia internacional y que le reportaría, así mismo, su primer Oscar; protagonizada por su esposa, esta realización inicia la transición del director desde el neorrealismo hacia un cine más personal, de marcado tono autobiográfico y repleto de elementos fantásticos.

Sus siguientes películas recibieron toda clase de premios internacionales, como la Palma de Oro en el Festival de Cannes por La dolce vita, con la cual obtuvo un importante éxito comercial y supuso el inicio de su colaboración con el actor Marcello Mastroianni, que se convertiría en habitual a partir de entonces. Ocho y medio (1963) marca claramente el comienzo de la segunda etapa del cine felliniano, de exuberante fantasía y barroquismo y con un humor de rasgos surrealistas.

Giulietta de los espíritus (1965) originó cierta polémica, que se repetiría en otras películas, por el impúdico erotismo que la atraviesa y por la ironía con que se trata a sí mismo y a la sociedad italiana, especialmente la Iglesia. Películas como Roma o Y la nave va marcan la posterior producción de este cineasta, dueño de un universo muy personal y de un estilo extremadamente libre. En 1993, poco antes de su muerte, recibió su quinto Oscar al conjunto de su carrera en una conmovedora ceremonia en la que estuvo flanqueado por Sofia Loren y Marcello Mastroianni, sus dos más célebres actores, y su esposa, Giulietta Masina.

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Franco Pinna. Varias personas en la piscina de Trimalcione. Fellini-Satyricon. 1969

Precio: 18’5o €