En el año 2009 la Fundación Mapfre presentó una completa retrospectiva del fotógrafo norteamericano Walker Evans (1903-1975), considerado como uno de los referentes de la fotografía contemporánea.

Su obra está lejos de lo que se considera arte en fotografía, estatus por el que sin embargo los fotógrafos llevaban décadas luchando por el equivocado camino del sentimiento y la belleza evidentes, y es precisamente la obra de Evans la que culmina esa evolución formal mediante la ruptura, con un estilo que vino a llamarse documental, que miraba a los hechos directamente, y estaba pensado para presentar las cosas en relación a sí mismas, aparentemente sin intervención, de una manera precisa, sin emociones ni tendencia a la idealización. En resumen, como puros documentos que minimizan sus cualidades estéticas. Por primera vez, la fotografía como obra de arte podía tener la misma apariencia que cualquier otra fotografía y mostrar cualquier cosa, desde una habitación paupérrima y desolada de Alabama hasta un pasajero del metro de Nueva York ensimismado en sus pensamientos. La cualidad artística estribaba únicamente en la claridad, la inteligencia y la originalidad de la percepción del fotógrafo. Este es, de hecho, el rasgo inmutable y singular de su trabajo: obtener de la insignificancia de lo particular, la gravedad de lo colectivo, para conocer el mundo por sus formas primitivas y, a menudo, inadvertidas.

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Camión y letrero, 1930

Entre 1927 y 1932, su primera etapa como fotógrafo, comienza tomando fotografías de Nueva York con una Leica. El tema de la moderno de la ciudad, introducido por Baudelaire, recorre su obra a través de escenas sencillasque prescinden de adjetivos. Presenta águlos inéditos en la época y sorprendentes puntos de vista que muestran su interés por la posibilidades de la abstracción geométrica. Evans inscribe la mayoría de sus proyectos fotográficos en la exploración del tejido urbano y la acumulación de signos.

A partir de 1932 aborda la calle desde el punto de vista del transeúnte en el notable reportaje que realiza en La Habana en mayo de 1933 para ilustrar The Crime of Cuba, de Charleton Beals. Describe a la perfección tanto el espectáculo social como la vitalidad de las grandes ciudades. Una imagen especialmente conmovedora de una madre sin hogar con sus tres hijos testimonia la dura realidad social que el dictador Machado había impuesto a sus ciudadanos. Aquí, en la humanidad destrozada por la opresión política, Evans capturó las primeras imágenes de pobreza y desesperanza que caracterizarían su trabajo posterior en el sur de Estados Unidos.

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Granjero arrendatario de Alabama, 1936

Evans pasa a formar parte de la Farm Security Administration en 1935, el nuevo programa impulsado por Roosevelt para estabilizar la economía de la nación sumida en la Gran Depresión. Este proyecto, sin precedentes por su manera de combinar la crítica social, el documental y la estética, trataba de acercar las duras condiciones de vida y la extrema pobreza de la población rural a un público ignorante de la situación por la que atravesaba el país.
Este primer desafío de la fotografía documental le llevó a colaborar junto con el escritor James Agee en Let Us Now Praise Famous Men, un reportaje encargado por Fortune sobre la difícil cotidianeidad de los granjeros sureños. Sus resultados: los inquietantes retratos de los miembros de la familia Burroughs y los estudios de interior de su vivienda.

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Mujer de granjero arrendatario de Alabama, 1936

En 1938 Evans emprende un experimento radical dentro del retrato. Con una Contax de 35 mm comienza a trabajar de forma completamente distinta: ocultándola bajo el abrigo, sin control de encuadre, se centra en las caras y gestos de los viajeros del metro de Nueva York. Pretendía fotografiar a las personas de improviso, atrapándolas al natural y mostrándolas sin tapujos. En estas imágenes los rostros aparecen despojados de la cortesía habitual.

A pesar de la desconfianza hacia la eficacia pictórica del color, en la última fase de su carrera -desde finales de los cincuenta hasta su muerte- la fotografía en color se convierte, sorprendentemente, en eje central de su trabajo y en una nueva lente a través de la que investigar sus intereses. La recién lanzada Polaroid SX-70 (1974) ofrecerá a un fotógrafo de salud débil una gratificación fotográfica instantánea, en la que el duro trabajo del cuarto oscuro podía ser suprimido por completo. En sus instantáneas persisten los temas que le obsesionaron a lo largo toda su carrera. En las fotografías de letreros, los colores chillones pueden ser nuevos, pero la fragmentación y el lenguaje provocativo y con doble sentido permanecen fieles a la iconografía vital de Evans.

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Además de la reproducción de las obras que se presentaron en la exposición, el catálogo incorpora dos estudios que aportan un mayor conocimiento de la obra de nuestro protagonista. Jordan Bear, investigador de la Universidad de Columbia, ha escrito una completa biografía basada en los manuscritos del Archivo Walker Evans, custodiado en el Metropolitan Museum. A su vez, Chema González, investigador, crítico y comisario independiente, aborda las creaciones de Evans en el contexto de la historia del arte y de la fotografía del siglo XX.
Una conversación de Jeff L. Rosenheim con Vicent Todolí, director de la Tate Modern, a propósito de los logros y el legado de Walker Evans y del papel de la fotografía en el arte moderno, completan un catálogo llamado a ser una referencia inexcusable para entender a uno de los más grandes fotógrafos del siglo XX.

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Walker Evans

14,95€