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Flor Garduño realizó estudios de Artes Plásticas en la Antigua Academia de San Carlos, de la UNAM, donde asistió al taller de fotografía de la maestra Kati Horna.

La personalidad de Horna, junto con la dimensión mágica y expresiva de sus fotografías, causó un fuerte impacto en el desarrollo del trabajo de Flor.

En 1979 renuncia a sus estudios para trabajar como asistente del fotógrafo Manuel Álvarez Bravo. Ingresa a la Secretaría de Educación Pública, bajo la dirección de la fotógrafa Mariana Yampolsky, visitando zonas rurales remotas; experiencia que le dio la oportunidad de reconocer el país y la vida de los pueblos indígenas, lo que la motivó a consolidar su estilo.

En 1985, alentada por el entusiasmo y apoyo editorial del pintor Francisco Toledo, publicó su primer libro Magia del Juego Eterno en el que reúne seis años de producción artística. Su segundo libro, Bestiarium fue editado en 1987 por U. Bär Verlag, Zurich, Suiza.

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En 1992, sale a la luz Testigos del Tiempo que se ha publicado en cinco idiomas y lleva siete ediciones. La exposición del mismo título incluyó 72 fotografías y se presentó en los museos más importantes de Europa, Estados Unidos y Latinoamérica. En 2002, presentó el libro Flor/Inner ligth cuya muestra también viajó por todo el mundo.

Ha recibido reconocimientos importantes, entre los que destacan el Premio Kodak, Alemania, por su libro Testigos del Tiempo y Photo District News otorgado a la edición Inner ligth, como el mejor libro de fotografía de desnudos. Recibió el apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en los programas Jóvenes Creadores, Creador Artístico, así como de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales en sus emisiones de 2000 y 2010.

Ha participado en numerosas exposiciones colectivas e individuales y su obra se encuentra en las colecciones de importantes museos del mundo, como en el Museum of Modern Art y Museo del Barrio, de Nueva York; Art Institute of Chicago; Museo de Israel; Museum of Fine Arts, de Houston; Museo de Arte Tokyo Fuji; y la Colección Museo del Banco de la República, de Bogotá, Colombia.

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Testigos del tiempo aborda, a través de las imágenes, la resistencia cultural que se ha mantenido en América Latina sobre todo en partes altas como Bolivia o Perú, donde las comunidades han luchado por mantener sus tradiciones.

Flor Garduño describió que en este proyecto trabajó mucho sobre los mitos, los rituales sagrados de diversas culturas y a medida que capturaba imágenes se dio cuenta que gracias a estos elementos, muchos pueblos mantienen un sentido de pertenencia.

“Quise plasmar –indicó la artista– la manera cómo los habitantes de diversas comunidades de nuestro continente siguen en pie gracias a estas tradiciones. Trabajé también con los paisajes y su esencia, pero además con otros temas, como la manera en que las culturas afrontan la presencia de la muerte a través de sus tradiciones, sus fiestas y todos esos rituales que otorgan sentido de comunidad. Es muy importante seguir mostrando la riqueza de nuestras culturas y comunidades, sobre todo de esas fusiones culturales que se dan todo el tiempo en nuestros pueblos, porque deben ser un orgullo esos ecos del pasado y que no ocurra lo que en otras latitudes donde se arrasó con los pueblos originarios”.

En el texto escrito por Carlos Fuentes para el proyecto Testigos del tiempo, el autor afirma que una dimensión del arte de Garduño nos revela este acto de sacralización en el que los habitantes de diversos pueblos de América Latina convocan y sustituyen a sus dioses mediante el enmascaramiento.

“La máscara es el puente velado entre los antiguos y los nuevos dioses. Ni unos ni otros deben abandonarnos más: ceremonias, plegarias, sacrificios, trabajos, poemas, objetos. Todo, sacralizando, se sacraliza en el mundo indígena. Sixto en Bolivia, un muchacho con la máscara melancólica de un lobezno; una mujer guatemalteca con el Divino Rostro sobre las rodillas; un hombre, Don Perro, en Ecuador, convocando, asumiendo y ahuyentando a un mismo tiempo al animal protector, victimario y víctima de quien lo porta como segundo rostro: divino rostro”, escribió Carlos Fuentes.

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