Renoir mi padre

Son los padres los que hacen a los hijos, pero después de que nacen. Antes, hay cientos de ingluencias con cuyo rastro es imposible dar. El talento de Mozart procede quizá de un pastor griego a quien, antes de la era cristiana, turbaba el ruido delviento en los juncos. Me refiero a por supuesto a la parte de la herencia que merece la pena. Para el reuma o las orejas como coliflores siempre puede encontrarse un abuelo responsable.

PIERRE-AUGUSTE RENOIR

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Le moulin de la galette, 1876. Musée d’Orsay

En abril de 1915, herido en una pierna por “un hábil tirador bávaro”, Jean Renoir es hospitalizado en París. El jóven convaleciente se reúne con su padre, reumático y ya inválido, al que apenas le queda cuatro años de vida, y se entretienen el uno al otro: “A cambio de mis historias de guerra, Renoir me contaba recuerdos de juventud”. Mucho tiempo después, en 1962, el hijo publicaría sus memorias de estas charlas íntimas: “Con frecuencia me he reprochado no haber publicado las palabras de Renoir nada más morir él. Ahora ya no me arrepiento. Los años y mis experiencias propias me permiten entenderlo mejor”. Renoir, mi padre nace, pues, de un ejercicio de distancia sobre la más absoluta proximidad, y es difícil imaginar libro más singular. La vida de uno de los pintores cumbre del imresionismo, su esfuerzo por capturar el “secreto de la vida” con los medios más mínimos, su amor por el trabajo manual y la huella personal, se combinan aquí con los detalles y menudencias (desde una receta de pollo hasta los pormenores del aseo) que sólo un hijo puede saber, reconocer en su significado, y contar. Siendo el hijo, por añadidura, Jean Renoir, uno de los grandes cineastas del siglo XX, este tête-a-tête de talentos constituye un documento excepcional.

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Jean Renoir, segundo de los tres hijos de Pierre-Auguste Renoir, nació en París en 1894. Estudió en la universidad de Aix-en-Provence. Fue ceramista y oficial de caballería; en la Primera Guerra Mundial se le concedió la Cruz de Guerra. Empezó a hacer guiones para el cine y, a partir de 1924, a dirigir. Un sinfín de películas le conviertieron en un clásico del cine francés: La golfa (1931), Madame Bovary (1933), Una partida de campo (1936), La gran ilusión (1937), La marsellesa (1938), La regla del juego (1939). Abandonó Francia en 1941 durante la ocupación nazi y se instaló en Estados Unidos, donde obtuvo la nacionalidad y realizó algunas películas como Esta tierra es mía (1943) y La mujer de la playa (1947). Terminada la guerra, continuó en Francia su trabajo como director: La carroza de oro (1953), El talento del doctor Cordelier (1959) o El desayuno sobre la hierba (1959). En 1962 publicó el libro Renoir, mi padre, por el que recibió el premio Charles-Blanc. Murió en Beverly Hills en 1979.