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Máscaras bailando del brazo. 1938. Óleo sobre lienzo

José Gutiérrez Solana (1886-1945) es, sin duda, una de las figuras más singulares del arte español del siglo XX. Continuador de la estética de la España Negra, la obra de Solana se relaciona también con la pintura barroca española. La exposición que recoge este catálogo nos muestra, a través de los temas favoritos del autor, una realidad oscura en la que se mueve con la mayor naturalidad: procesiones, máscaras, vitrinas, traperos, extraños bodegones de connotaciones necrófilas, interiores asfixiantes o mujeres de la vida.

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El osario. 1931. Óleo sobre lienzo

MAPFRE posee una importante colección de obras de Solana, compuesta por seis óleos sobre lienzo y una treintena de estampas. Las seis pinturas de la colección ofrecen una representativa visión del conjunto de la obra de Solana. En ellas están presentes algunos de los temas que obsesionaron siempre al artista, como el espectáculo de los ritos religiosos callejeros, la muerte o el carnaval. Las estampas, por su parte, son obras tardías, fechadas en los años 30, y muestran una serie de estereotipos que reflejan la visión del pintor sobre una realidad contradictoria y compleja.

Autorretrato

Autorretrato. 1920

José Gutiérrez Solana (Madrid, 1886 – 24 de junio de 1945) fue un pintor, grabador y escritor expresionista español, estrechamente relacionado con la localidad de Arredondo, en Cantabria. Su padre, José Tereso Gutiérrez-Solana, nació en México y marchó a España gracias a una herencia. Se casó con Manuela Josefa Gutiérrez-Solana.

Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando; después alternó estancias entre Cantabria y Madrid, pero tuvo tiempo para viajar por los pueblos y hasta para ser peón de la cuadrilla del torero Bombé, aunque vivió holgadamente con el dinero de su padre. Se instala en Madrid a finales de 1917. Allí frecuenta las afueras de todo, asistiendo a bailes, merenderos y museos suburbanos del Paseo del Prado, como el (entonces) solitario y destartalado Museo Arqueológico Nacional. Se acompaña de su inseparable hermano Manuel, que es cantante.

Solana crea un propio estilo, nada académico ni inclinado a las vanguardias, por más que frecuente la intelectualidad reunida en la tertulia de Pombo, cuyo animador y amigo Ramón Gómez de la Serna le dedicó un libro entero, a lo que correspondió el pintor con su cuadro Mis amigos (1920), donde pinta tal tertulia en torno a una mesa (Museo Reina Sofía de Madrid). Ramón conoció a Solana en la exposición que este hizo en el Círculo de Bellas Artes en enero de 1907.

Gutiérrez Solana hizo una primera exposición en París (1928), que resultó un fracaso. En otra a la que acudió Alfonso XIII, sus cuadros se colgaron detrás de una puerta para que no incomodasen al monarca. Pero en 1936, cuando comienza la Guerra Civil, Solana es famoso y reconocido fuera y dentro de España. Se traslada a Valencia y luego a París, donde publica París (1938). En 1939 vuelve a Madrid, donde fallece el día de San Juan, el 24 de junio de 1945.

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El beso de Judas. 1932. Óleo sobre lienzo

Su pintura refleja, como la de Darío de Regoyos y la de Ignacio Zuloaga, una visión subjetiva, pesimista y degradada de España similar a la de la Generación del 98.

Fuera de la influencia que en él ejercen los pintores del tenebrismo barroco, en especial Juan de Valdés Leal, tanto por su temática lúgubre y desengañada como por las composiciones de acusado claroscuro, es patente la influencia de las Pinturas negras de Francisco de Goya o del romántico Eugenio Lucas. Su pintura es feísta y destaca la miseria de una España sórdida y grotesca, mediante el uso de una pincelada densa y de trazo grueso en la conformación de sus figuras. Su paleta tenebrista resalta el oscurantismo de la España del momento. Su obra puede estructurarse en torno a tres temas: las fiestas populares (El entierro de la sardina), los usos y costumbres de España (La visita del obispo) y los retratos (1920, Mis amigos).

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Mujer cosiendo. 1943. Óleo sobre lienzo

Su pintura, de gran carga social, intenta reflejar la atmósfera de la España rural más degradada, de manera que los ambientes y escenarios de sus cuadros son siempre arrabales atroces, escaparates con maniquíes o rastros y ferias dignos de Valle-Inclán (por los que sentía especial predilección), tabernas, “casas de dormir” y comedores de pobres, bailes populares, corridas, coristas y cupletistas, puertos de pesca, crucifixiones, procesiones, carnavales, gigantes y cabezudos, tertulias de botica o de sacristía, carros de la carne, caballos famélicos, ciegos de los romances, “asilados deformes”, tullidos, prostíbulos, despachos atiborrados de objetos, rings de boxeo, ejecuciones y osarios.

Trabaja también el grabado, generalmente al aguafuerte, insistiendo en una técnica directa y más bien ruda, de trazos gruesos. Salvo alguna rara excepción, los diseños repiten pinturas anteriores. Apenas publicó alguna edición en vida; la tirada más importante se emitió en 1963, previamente a la cancelación y depósito de las planchas en la Calcografía Nacional (dependiente de la Academia de San Fernando).

Como escritor posee un estilo semejante, de grandes cualidades descriptivas, vigoroso y enérgico, apropiado para la estampa costumbrista. Por ello la mayoría de sus obras son libros de viajes. Sus escritos más importantes son Madrid: escenas y costumbres (1913 y 1918, dos vols.), La España negra (1920), Madrid callejero (1923) y Dos pueblos de Castilla (1925). También escribió una novela, Florencio Cornejo, en 1926.

A veces utilizó fotografías ajenas como modelo para sus pinturas. El ejemplo más claro se constata en su obra titulada Café cantante, que copia casi literalmente el encuadre y parte de los personajes de la famosa fotografía del mismo título de Emilio Beauchy, tomada hacia el año 1888 en Sevilla.

PVP: 12’50 €