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Este libro es un monumento a la rabia y la risa. Instigado por Hugh Hefner (que iría publicando cada entrega en la revista Playboy), Lenny Bruce escribió su autobiografía entre 1963 y 1965, cuando un sonoro juicio por obscenidad y la implacable persecución de los virtuosos ya lo habían convertido en el paria más celebre de Estados Unidos. Fue su último cartucho para ajustar cuentas a mandíbula batiente con todos los guardianes del orden que lo había acosado desde los inicios de su carrera. Las palabras de Albert Goldman sobre una de sus grandes actuaciones describen cabalmente estas páginas: “Agarró el micrófono como si fuera el saxo de Charlie Parker y empezó a emitir todo lo que acudía a la cabeza sin censuras ni mediaciones. Emitía y emitía hasta alcanzar clarividencia”.

Empezó administrando burlas en sórdidos locales de striptease y tugurios malolientes, pasó por escenarios míticos como el Filmore de Sna Francisco e incluso llegó a pisar el cielo en el Carnegie Hall neoyorquino, pero sus demonios lo arrojaban siempre a los infiernos y sus sátiras a los banquillos. La morfina se lo llevó al otro mundo mientras una apelación era sometida al escrutinio del tribunal correspondiente. Fue indultado a título póstumo en el año 2003.

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Leonard Alfred Schneider (Mineola, Nueva York, 1925 – Los Ángeles, 1966) , el humorista americano más corrosivo y menos benigno de su época, murió a los cuarenta años por una sobredosis de morfina. Durante las dos décadas anteriores dedicó su lengua de víbora a profanar todas las sensibilidades políticas o religiosas, a desnudar todas las hipocresías, con palabras brutalmente ácidas que lo condujeron a los calabozos de muchas comisarías y agrietaron los muros que limitaban la libertad de expresión. Fue insobornable y abrió caminos que entonces nadie se atrevía a concebir. Por ellos camina, tropieza o muere la mejor risa de nuestro tiempo. La vieja burla. “Derribó innumerables tabúes y hoy los cómicos cruzan en tropel las puertas que Lenny abrió: cambió radicalmente el mundo de la comedia”, afirmaría el gran crítico Ralph Gleason.

Si a Jesús lo hubiesen ejecutado hace veinte años, los niños cristianos no llevarían cruces en el cuello: llevarían sillas eléctricas

Lenny Bruce