Special deluxe

El sueño de un hippie, primera incursión de Neil Young en sus recuerdos (Malpaso, 2014), despertó entusiasmos sin fronteras. “Una obra magnífica: humilde, sincera, divertida y, a menudo, conmovedora”, opinó el Wall Street Journal. “Tan fascinante y excéntrica como las propias composiciones de su autor”, sentenció el New York Times. El gran cantante canadiense vuelve ahora a la carga con una segunda y no menos formidable entrega donde recrea su infancia, sus experimentos musicales, sus experiencias sexuales, su vida familiar, el gallinero del rock y, por supuesto, el más tenaz de sus numerosos trastornos: los coches. Éstos, en realidad, constituyen el hilo conductor y la excusa de una gira febril por las carreteras del pasado.

Automóviles clásicos y a menudo maltrechos que lo esperaban en cualquier esquina para provocar un amor súbito y una compra a quemarropa. Cada uno evoca aventuras o desventuras que, gracias a ellos, aparcan finalmente entre las páginas de un libro. Sus motores hablan, cuentan historias y ” desatan la memoria: nada los detiene cuando levantas el freno”.

Special Deluxe captura la auténtica voz, sin duda la más lírica, de una figura singular, de una leyenda en ejercicio que es además un enigma. En esta oda a la combustión interna hallará el lector una extraordinaria miscelánea de pasiones y extravagancias, triunfos y derrotas, corduras y desvaríos…Hallará, lisa y llanamente, a un tipo asombroso llamado Neil Percival Young.

neil Y

Aventurar una breve semblanza de Neil Young (Toronto, 1945) es a todas luces superfluo, sobre todo cuando el lector cuenta con dos espléndidas memorias recién salidas del horno. Pese a ello, diremos que este señor ha tocado todos los palos del rock y sus aledaños; ha grabado (en solitario o en buena compañía) 52 álbumes, muchos de ellos inolvidables; se ha casado dos veces; tiene tres hijos; vive en un rancho y adora los coches viejos, una flaqueza incurable que da origen y estructura a este libro. También señalaremos que la música popular contemporánea (es decir, la cultura contemporánea) sería otra sin su gigantesca presencia. Sería, simplemente, mucho menos jugosa.